The Battle We Didn’t Choose

 El 28 de enero de 1951, mi padre estaba tocando con un trío en un club en Akron, OH. Esa noche, mientras veía la pista de baile desde de su lugar en el escenario, mi padre vio a mi mamá por primera vez. En 5 minutos dejó el acordeón y la invitó a bailar. Esa noche, cuando mi padre llegó a casa cantó a sus cuatro hermanas menores, “la encontré.” Dos semanas más tarde estaban comprometidos, seis meses más tarde se casaron. Sesenta y dos años más tarde, y después de haber criado 11 niños, mis padres, ambos sobrevivientes de cáncer, todavía coquetean como una pareja joven. Es por eso que creo en el amor a primera vista.

El 29 de agosto de 2005, yo estaba solicitando un trabajo como camarero cuando conocí a Jennifer. Al igual que mi padre supo 50 años atrás cuando vio por primera vez a mi madre, supe que la encontré. Jen, por otro lado, no sintió que la tierra se moviera de la misma manera … Con toda honestidad, Jen no sintió que la tierra se moviera en absoluto.

Alrededor de un mes más tarde Jen consigió un trabajo en Manhattan, y se fue de Cleveland. No podía dejar de pensar en ella. No sólo era la mujer más hermosa que había conocido en mi vida, sino que estaba llena de vida y tenía una manera de hacerte sentir como si fueras la única persona que le importaba. El invierno siguiente, durante mi visita a Jen en Nueva York, estaba decidido a compartir mis sentimientos. Agarré todo mi coraje y le dije a Jen que me había enamorado de ella. ¿Yo acababa de decir aquello?, los ojos de Jen se iluminaron y con la más hermosa y dulce voz, que siempre recordaré, ella dijo: “Siento lo mismo.”

Empezamos a salir a larga distancia y hablabamos por teléfono durante horas – era despreocupada y emocionante. Nunca nos quedamos sin cosas de que hablar. Cuando estábamos juntos no importaba lo que estábamos haciendo, siempre era divertido. Yo estaba tan loco por Jen.

Después de 6 meses, la distancia fue demasiado así que me mudé a Nueva York. La noche que llegué a la ciudad Jen y yo lo celebramos con una cena en uno de nuestros restaurantes italianos favoritos, “Frank”. Después de la cena me puse de rodillas y le pedí matrimonio. Jen gritó: “¡Cállate!” Así que ahí estaba yo, de rodillas, después de vender casi todo lo que tenía a excepción de unas pocas cámaras, algo de ropa y, por supuesto, mis gatos y yo pensaba: “De acuerdo, ¿cállate puede significar un montón de cosas?” Entonces Jen tomó el anillo y pude respirar de nuevo.

El otoño siguiente Jen y yo nos casamos en Central Park. Cuando vi Jen caminando por el camino no podía contener las lágrimas. Nunca había sido tan feliz en mi vida y no podía creer que esta hermosa mujer, amable y fuerte me amaba de la misma manera que yo la amaba. Esa noche compartimos nuestro primer baile como marido y mujer, acompañados por mi padre con su acordeón “I’m in The Mood for Love.”

Me casé con la chica de mis sueños. La vida era perfecta.

Nunca olvidaré el sonido de la voz de Jennifer a través del teléfono, sólo 5 meses después, cuando ella me dijo que tenía cáncer de mama. Me quedé adormecido inmediatamente. Todavía estoy entumecido.

De repente y sin previo aviso entramos de cabeza en el mundo de cáncer. Nos adaptamos a los cambios, a menudo todos los días, sin ninguna hoja de ruta, sin reglas y sin compasión.

A medida que nuestra vida se complicó nuestro enfoque se convirtió en sencillo: sobrevive. Teníamos que abandonar todo lo que no fuera necesario.

Justo después de nuestro primer aniversario nuestro oncólogo nos dijo que Jennifer estaba libre de cáncer y  tratamos de poner nuestra vida de nuevo en orden. Fue un desafío. Nos sentíamos tan diferentes de todos los demás a nuestro alrededor y todo lo que pensábamos que sabíamos o creíamos se había vuelto del revés.

Pero nos teníamos el uno al otro y con cada desafío nuestro amor creció más fuerte. Las pequeñas cosas que antes nos molestaban ya no tenían ningún peso. Haciéndonos sonreir el uno al otro, ayudándonos a levantarnos el uno al otro cuando caíamos, permitiendo que las personas de nuestra vida supieran lo mucho que las amábamos … estas cosas sí importaban.

En abril de 2010, nuestro mayor temor se convirtió en nuestra realidad. Una tomografía reveló que el cáncer de Jen había hecho metástasis en el hígado y los huesos. Jen comenzó a recibir tratamiento inmediatamente. Después de unos meses nos dimos cuenta de que muchas personas no entiendían la gravedad de la enfermedad de Jen y sentimos que nuestro apoyos se desvanecían. Nuestra vida era un laberinto lleno de citas de doctores, procedimientos médicos, medicamentos y efectos secundarios. La idea de que yo podría convertirme en viudo antes de los cuarenta era como si alguien me estuviera pateando las entrañas. Una y otra y otra vez. No esperabamos que nadie tuviera respuestas, sólo necesitábamos a nuestra familia y amigos allí. Algo tan sencillo como enviar un mensaje de texto diciendo “Te amo”, o dejarte la cena después de haber pasado todo el día en el hospital, estas cosas era increíblemente útiles.

Nuestras palabras estaban fallando para explicar que necesitábamos ayuda, así que volví a la única otra forma de comunicación que sé: mi cámara. Empecé a fotografiar nuestro día a día. Nuestra esperanza era que si nuestra familia y amigos veían a lo que nos enfrentábamos cada día, entonces tal vez tendrían una mejor comprensión de los desafíos de nuestra vida. No había intenciones de hacer un libro o exposiciones, estas fotografías nacieron y se hicieron por necesidad.

Un amigo cercano sugirió que podría publicar nuestra historia en internet y, con el permiso de Jen, compartió algunas de nuestras fotografías. La respuesta fue increíble. Empezamos a recibir correos electrónicos de todo el mundo. Algunos de estos mensajes de correo electrónico provenían de mujeres que tenían cáncer de mama. Se inspiraron en el valor y el coraje de Jennifer. Una mujer compartió que, gracias a Jen, se enfrentó a sus miedos y se decidió a pedir una mamografía. Fue entonces cuando supimos que nuestra historia podría ayudar a otros.

Pero lo más importante fue que nuestros familiares y amigos se reunieron para estar a nuestro lado.

El 22 de diciembre de 2011, a las 8:30 pm, sólo 16 días después de su 40 cumpleaños y menos de cinco años después de nuestra boda, mi dulce Jennifer murió.

Nuestra estrella no brilló mucho, pero brilló fuerte.

Al compartir nuestra historia, nuestra historia de amor, algo hermoso ha comenzado a crecer a partir de algo tan horrible e injusto. Si no compartimos nuestras experiencias, ¿cómo podemos aprender, crecer y sobrevivir?

Antes de ir a dormir Jen y yo solíamos preguntarnos lo que fue lo mejor y lo peor de la jornada. Por lo general, la mejor parte fue algo así como: “cuando viniste hacia mí y recorriste mi pelo con tus dedos” o “cuando estábamos en el hospital y me cogiste la mano.” Al día siguiente de que nos enteráramos de que el hígado de Jen estaba fallando nos volvimos a casa y pasamos la noche con los amigos y la familia. Esa noche cuando nos acostamos uno junto al otro, posiblemente la última vez, le pregunté a Jen que era lo que más amaba de ese día. Pensó un minuto y luego se volvió y, mirando más profundamente mis ojos que nunca antes, dijo: “I loved it all.”

In honor: mywifesfightwithbreastcancer.com